Confundimos creatividad con producción. Confundimos crear con generar. Confundimos pensar con pedir un texto.
A Knowmad Progress

Y
uval Noah Harari planteaba una idea inquietante: si un marinero se hubiese quedado dormido en un barco durante doscientos años y despertara entre 1492 y 1692, probablemente reconocería el mundo. Las herramientas, los oficios, la forma de vivir… todo habría cambiado, sí, pero no de manera radical.
Si hoy alguien se durmiera durante apenas cien años, es muy probable que no entendiera casi nada de lo que vería al despertar.
Vivimos uno de esos puntos de inflexión.
La Inteligencia Artificial ya está en todas partes. En el desarrollo de software, donde no solo optimiza código, sino que entiende contextos. En la investigación científica, como asistente de laboratorio. En la salud, empezando a ir más allá del diagnóstico. En sistemas de seguridad, en planificación, en análisis, en decisión.
La IA ha dejado de ser una promesa para convertirse en infraestructura.
Y, sin embargo, hay una confusión silenciosa que empieza a hacerse evidente.
La creatividad nunca ha consistido en escribir más rápido, sino en decidir qué merece ser contado.
A Knowmad Progress
La Navidad es un buen espejo para observarla. Cada año repetimos historias, mensajes y rituales casi idénticos. Felicitaciones que se parecen demasiado unas a otras. Palabras que suenan bien, pero que a veces ya no sabemos muy bien por qué decimos. No porque carezcan de valor, sino porque las repetimos sin detenernos a pensar qué significan hoy.
Con la IA empieza a ocurrir algo parecido.
Confundimos creatividad con producción.
Confundimos crear con generar.
Confundimos pensar con pedir un texto.
Cada vez más, la IA se utiliza como una máquina de respuestas rápidas: hazme un texto para esto, hazme otro para aquello, dame una idea, dame un titular. Y sin darnos cuenta, desplazamos lo verdaderamente importante: no el texto, sino la idea que lo sostiene. No la historia escrita, sino la mirada desde la que se narra.
La creatividad nunca ha consistido en escribir más rápido ni en producir más contenido. Crear siempre ha sido otra cosa: decidir qué merece ser contado, desde dónde, para quién y con qué intención. Las historias que cambian el mundo no lo hacen por estar bien redactadas, sino porque contienen una idea incómoda, nueva o reveladora.
La próxima ola de la Inteligencia Artificial no va solo de colaboración entre humanos y máquinas. Va de algo más delicado: qué parte del proceso creativo estamos dispuestos a delegar y cuál no. Porque una cosa es apoyarse en la tecnología para pensar mejor, y otra muy distinta es renunciar a pensar.
Vamos muy rápido. Tan rápido que corremos el riesgo de llenar el mundo de textos correctos pero vacíos, de mensajes bien construidos pero sin posición, de narrativas sin pensamiento. Como si celebrar la Navidad consistiera únicamente en repetir las palabras adecuadas, sin preguntarnos qué queremos decir de verdad.
La IA puede generar felicitaciones perfectas, discursos impecables, campañas navideñas optimizadas. Puede hacerlo mejor y más rápido que nosotros. Pero sigue habiendo una pregunta que no puede responder por sí sola:
¿qué ideas merecen ser creadas?
Porque el futuro no se escribirá solo con algoritmos. Se escribirá —o no— con criterio, con pensamiento y con responsabilidad humana. Con la capacidad de distinguir entre generar contenido y crear sentido.
Y sí, este año, incluso la Inteligencia Artificial celebra la Navidad.
La cuestión es si nosotros seguimos celebrando algo más difícil y más valioso: la capacidad de imaginar, decidir y pensar por nosotros mismos.
Y ahora la pregunta que importa de verdad:
¿Estás preparado para decidir qué merece ser creado y qué no en la comunicación de tu marca?
