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LA FRAGILIDAD DE LAS CONEXIONES QUE NO SE HACEN FUERA

La fragilidad de la inteligencia artificial está en que solo amplifica lo que ya existe dentro del sistema, no lo que aún no ha sido pensado.

A Knowmad Progress
LA FRAGILIDAD DE LAS CONEXIONES QUE NO SE HACEN FUERA

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hatGPT no inventó nada que no existiera ya: preguntas, respuestas y un deseo humano de acelerar el camino entre ambas. Lo que sí cambió fue la velocidad. De repente, lo que antes era un proceso se volvió instante. Lo que antes pedía tiempo, se volvió un clic.

Los datos lo demuestran: en las empresas que han incorporado inteligencia artificial generativa, los trabajadores con menos experiencia y conocimiento multiplican su productividad —a veces hasta un treinta por ciento— mientras que los más expertos apenas mejoran un cinco. La diferencia no está en la herramienta, sino en la mirada. Los primeros aprenden de ella; los segundos ya saben qué preguntar.

Ahí se esconde una verdad incómoda: la IA amplifica lo que tenemos dentro, pero no lo que nos falta. 

Y lo que “tenemos dentro” no somos nosotros, sino el propio entorno digital: millones de textos, imágenes y datos que ya existen, una red que se alimenta de sí misma. La IA se nutre de ese interior inmenso —de lo ya dicho, de lo ya hecho, de lo ya pensado— y por eso su fragilidad es inevitable. No puede salir de esa frontera. Una inteligencia que no sabe de propósito, que no reconoce la intención, que no distingue el matiz entre lo útil y lo significativo, solo puede repetir. Repite con precisión, pero sin criterio. Por eso su éxito es tan rápido y, a la vez, tan frágil. La velocidad sin profundidad termina pareciéndose demasiado al ruido.

La velocidad sin profundidad termina pareciéndose demasiado al ruido.

A Knowmad Progress

Cuando todos usan la misma herramienta y beben de la misma fuente, lo diferente deja de tener espacio. La homogeneización no es un riesgo técnico, sino cultural. Si la fuente es la misma para todos, solo el criterio de quien pregunta puede crear diferencia.
Por eso, las conexiones que cambian algo no se hacen dentro de ese sistema cerrado, sino fuera: en la conversación, en la memoria, en la intuición, en el roce con la realidad. Son las conexiones que hacemos desde la cabeza hacia el mundo —las que nacen del contexto, del cuerpo, del entorno vivo— las que abren caminos nuevos. Son las conexiones improbables las que mueven el mundo, no las predecibles.

La IA genera, pero no crea. Sugiere, pero no comprende. Y comprender, al final, es lo único que nos permite construir sentido. Esa seguirá siendo la frontera, el territorio más humano y más fértil de todos.

¿Y si la verdadera pregunta no fuera qué puede hacer la IA por tu marca, sino qué puede hacer tu marca que una IA nunca entendería?

En AKP creemos que las conexiones que cambian algo no se generan: se descubren fuera.

 

Foto de Aidin Geranrekab en Unsplash