La Inteligencia Artificial puede ayudarnos a pensar mejor, pero solo si no la usamos para dejar de hacerlo...
A Knowmad Progress

D
Durante siglos, crear estuvo limitado por la técnica, el talento y la perseverancia de buscadores y buscadoras incansables, y por esas serendipias que solo aparecen cuando se dedica tiempo a mirar con atención. Escribir costaba tiempo. Viajar para descubrir era una aventura incierta. Publicar requería acceso a redes muy concretas y un talento excepcional. Difundir una idea implicaba esfuerzo, riesgo y decisión. Por eso, crear siempre fue un acto deliberado.
Hoy ese límite se está difuminando. La Inteligencia Artificial ha reducido el coste de producir contenido a casi cero: textos, imágenes, presentaciones, campañas, ideas preliminares. Todo puede generarse. Rápido. Bien. En volumen. Y precisamente ahí empieza el problema, porque que algo pueda generarse no significa que deba existir.
Vivimos en una época que ensalza la velocidad, pero ya hace años que se nos advirtió de su trampa. Carl Honoré hablaba de la lentitud como una forma de resistencia. Milan Kundera escribió que solo cuando interrumpimos la rapidez y nos tomamos tiempo para pensar podemos empezar a estar seguros de lo que hacemos. Hoy, la abundancia no es de ideas, sino de resultados automáticos: textos correctos, mensajes bien formateados, narrativas que suenan a algo que ya hemos oído antes. El mundo no se está quedando sin contenido. Se está quedando sin criterio.
Confundimos crear con producir, creatividad con velocidad, pensar con pedir. La tecnología nos permite hacer más que nunca, pero crear nunca ha ido de hacer más.
A Knowmad Progress
Confundimos crear con producir, creatividad con velocidad, pensar con pedir. La tecnología nos permite hacer más que nunca, pero crear nunca ha ido de hacer más. Crear siempre ha sido elegir: elegir qué decir, qué no decir, qué merece atención y qué no. Asumir que cada acto creativo es también un acto de responsabilidad.
Antes, el límite era técnico. Ahora, el límite es intelectual y ético. La pregunta ya no es si podemos generar algo, sino si merece ser creado. Porque cada texto innecesario añade ruido, cada mensaje sin idea diluye el sentido y cada historia sin mirada ocupa un espacio que podría haber sido silencio, pausa o reflexión. Y el silencio, a veces, también es una forma de inteligencia.
El futuro no pertenecerá a quienes generen más contenido, sino a quienes sepan renunciar mejor; a quienes entiendan que no todo lo posible es valioso, que no todo lo eficiente es relevante y que no todo lo automático es progreso. La Inteligencia Artificial puede ayudarnos a pensar mejor, pero solo si no la usamos para dejar de hacerlo, solo si seguimos aceptando que crear implica incomodarse, tomar posición y asumir que no todo vale.
Porque generar es fácil. Crear sigue siendo difícil. Y precisamente por eso, sigue siendo humano.
¿Estamos preparados para elegir qué merece ser creado y qué no en la comunicación de nuestras marcas, proyectos e ideas?
Ojalá 2026 sea el año en el que volvamos a pensar despacio, a crear con criterio y a entender que la estrategia no consiste en hacer más, sino en decidir mejor.
